lunes, 8 de febrero de 2016

MELISENDA, I LOVE YOU

Melisenda es una chica de la Edad Media bastante intensa.Es mona, rica, insomne y duerme desnuda, "como la madre que la parió" ,dice el romance.Usa una lencería chula, como de Oysho, para despertar a sus relajadas amigas y contarles, que está desatá de calenturas por su amado Ayuelos.
Ayuelos es de la jet,conde por más señas, promiscuo por juramento: "mujer que a mí me demande , nunca mi cuerpo negalle" y se le supone un cuerpo gymn por luchas continuas ,con loriga y chándal de malla...wow!!! 
Melisenda para satisfacer sus deseos, debe matar a un agente de seguridad ,"allí murió Fernandino, el alguacil de su padre";usar alta tecnología, para forzar las cerraduras del castillo loft de su amado:"con arte de encantamiento , ábrelas de par en par", cortar el fluido eléctrico de la época :"siete antorchas que allí arden , todas las fuera a apagar";hacerse pasar por mora de la morería y currarse su propia promoción ,contando a Ayuelos lo buenísima que está: " mi cuerpo tengo tan blanco, como un fino cristal...etc"
A la hora de la verdad, Melisenda, es fabulosa: "en las tinieblas oscuras, de Venus es su jugar".
Finalmente , tiene que soportar el arrepentimiento y los lloriqueos de Ayuelos (post-coito naturalmente, porque los hombres no suelen arrepentirse antes), que no ve bien el superpolvazo, siendo ella de una clase social superior...¡Hombres!
Melisenda, hija, ¡Cómo te curras el placer!
Es verdad que eres lasciva, asesina, mentirosa y bruja, pero tienes el cielo ganao...o el infierno, pero I love you , Melisenda!


Romance de la linda Melisenda 

Todas las gentes dormían, 
en las que Dios tiene parte,
 mas no duerme Melisenda
 la hija del emperante,
 que amores del conde Ayuelos
 no la dejan reposar.
 Salto diera de la cama
 como la parió su madre, 
vistiérase una alcandora 
no hallando su brial;
 vase para los palacios
 donde sus damas están,
 dando palmadas en ellas 
las empezó de llamar:
 —¡Si dormides, mis doncellas,
 si dormides, recordad!;
 Las que sabedes de amores 
consejo me queráis dar, 
las que de amor no sabedes 
tengádesme poridad: 
amores del conde Ayuelos
 no me dejan reposar—. 
Allí hablara una vieja,
 vieja es de antigua edad:
 —Agora es tiempo, señora, 
de los placeres tomar, 
que si esperáis a vejez 
no vos querrá un rapaz—. 
Desque esto oyó Melisenda 
no quiso más esperar,
 y vase a buscar al conde
 a los palacios do está. 
Topara con Hernandillo
 un alguacil de su padre:
 —¿Qué es aquesto, Melisenda? 
esto ¿qué podía estar? 
¡O vos tenéis mal de amores 
o os queréis loca tornar!— 
—Que no tengo mal de amores 
ni tengo por quién penar,
 mas cuando yo era pequeña 
tuve una enfermedad;
 prometí tener novenas
 allá en San Juan de Letrán; 
las dueñas iban de día,
 doncellas agora van—. 
Desque esto oyera Hernandillo
 puso fin a su hablar. 
 La infanta, mal enojada,
 queriendo dél se vengar:
 —Prestásesme ora, Hernando,
 prestásesme tu puñal, 
que miedo me tengo, miedo 
de los perros de la calle—.
 Tomó el puñal por la punta,
 los cabos le fue a dar;
 diérale tal puñalada 
que en el suelo muerto cae. 
—Ahora vete tú Hernandillo,
 y cuéntalo al rey mi padre—.
 Y vase para el palacio
 a do el conde Ayuelos está. 
Las puertas halló cerradas, 
no sabe por donde entrar;
 con arte de encantamiento
 las abrió de par en par,
 siete antorchas que allí arden
 todas las fuera a apagar. 
Despertado se había el conde
 con un temor tan grande: 
—¡Ay, válasme, Dios del cielo 
y santa María su madre! 
¿Si eran mis enemigos
 que me vienen a matar, 
o eran los mis pecados 
que me viene a tentar? 
La Melisenda discreta 
le empezara de hablar:
 —No te congojes, señor,
 no quieras pavor tomar,
 que yo soy una morica 
venida de allende el mar.
 Mi cuerpo tengo tan blanco 
como un fino cristal, 
mis dientes tan menudicos,
 menudos como la sal 
mi boca tan colorada 
como un fino coral—.
 Desque esto oyera el conde
 luego conocido la ha;
 fuese el conde para ella,
 las manos le fue a tomar,
Allí fablara el buen conde,
 tal respuesta le fue a dar;
 —Juramento tengo hecho, 
y en un libro misal, 
 que mujer que a mí demande 
nunca mi cuerpo negalle,
 si no era a la Melisenda, 
la hija del emperante.
 Entonces la Melisenda, 
comenzóle a besar, 
y en las tinieblas oscuras 
de Venus es su jugar.
 Cuando vino la mañana 
que quería alborear, 
hizo abrir las sus ventanas,
 por la morica mirar;
 vido que era Melisenda,
 y empezóle de hablar:
 —¡Señora, cuán bueno fuera 
a esta noche me matar, 
antes que haber cometido 
aqueste tan grande mal! 

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